Archivo de la categoría: Uncategorized

Más fuerte que un supersayayín

A Roger lo conocimos una tarde, cercano al mediodía, en un colegio público de Lima. Se nos reveló desconfiado, saboteador; pero feliz. Íbamos a su salón una vez por semana para desarrollar un taller con todos los alumnos. Constantemente huía, salía del aula, sin avisar, y volvía de cuando en vez para ver qué haciamos mientras saltaba al rededor y jalaba a sus compañeros. Otras veces, cuando impediamos que salga del salón, corría a esconderse debajo del escritorio que era utilizado por el profesor a cargo, le advertiamos que era mejor salir y participar: se negaba. Cediamos y permanecía ahí, riendo, moviéndose, asomando la cabeza por ratos para gritar cosas que, me parecía, eran al azar. En algunas sesiones colaboraba, a su manera; en otras, desaparecía. Finalmente, terminamos por cansarnos de insistir y dejamos que se mueva sin restricciones, pero sin dejar de observarlo. 

Luego de tres o cuatro sesiones, los niños celebraban nuestra llegada y sonreían. La hora que estábamos con ellos les representaba liberación y cosas parecidas al sosiego. Sin tareas, sin pesadumbre, solo un par de reglas que nos permitían funcionar: levantar la mano antes de hablar, escuchar y guardar respeto. Haciamos juegos, dinámicas, expresiones, cortar, pintar, escribir, saltar. También repartiamos dulces al final.

Entonces hubo una actividad que hicimos, fue un día iluminado. Consistía en hacer una portada de diario con hojas y papeles viejos en la que cada uno dibujaría y señalaría cómo era o cómo se sentía. Roger dibujó un Gokú con trazos precisos y serenos. El dibujo era su orgullo. Guardé en secreto mi admiración, porque ni Goku, ni Krilin, ni Vegeta ni ninguno de los personajes de Dragon Ball me salieron nunca. Nunca.

Y no fue sino hasta la sesión de hoy, la última, que sucedió lo impensable. Luego de dar vueltas y esconderse debajo del escritorio y deambular por el balcón y el patio, Roger permaneció en el aula y tomó asiento en la última carpeta, aunque inquieto, mientas los demás, reunidos por nosotros, participaban en una dinámica con pabilos y palabras. Me acerqué, como vigilando al grupo, y tomé asiento en la carpeta contigua a la que Roger ocupaba. Levantó la mirada y, como rogando, me preguntó si sabía dibujar a Gokú. “No, no puedo. Es muy dificil. Quien lo haga es un genio”, respondí. Sonrió y poniéndose en pie buscó entre las cosas de su mochila y sacó dos cuadernos mientras me decía que él dibujaba bien al sayayín universal. Los cuadernos tenían en sus páginas interiores dibujos, bocetos, trazos delgados, marcas de plumón y figuras humanas. Descataban las representaciones de Gokú en diferentes posiciones y la de sus enemigos. Sonreí extasiado por lo que veía. Un artista en chiquito, con el cabello revuelto y despeinado, la ropa desarreglada y de mirada temblorosa, cuyo padre lo abandonó a él y a su madre no hacía mucho, había graficado en sus momentos de ocio a sus superhéroes venerados.

– “Este lo hice hoy”- me dijo. Y señaló al dibujo más acabado, con sombras, luces y detalles.

– “Está muy bonito y te felicito en serio. Te admiro”, respondí mientras él callaba y sonreía. “¿Y quién te enseñó a dibujar?”, pregunté.

– “Mi papá me enseñó. Me dijo que de a pocos aprendería.”

– “Ya veo que aprendiste, y muy bien. Los dibujos están muy lindos. ¿Me dejas tomarle fotos?”, solicité esperando acceda.

– “Claro”

Tomé fotos de dibujos al azar, sin escatimar en elogios y palabras mientras lo hacía. Su rostro fresco cambiaba de tonalidad y de gestos hacia unos más tranquilos y quietos.

Luego le solicité que integre el grupo que trabajaba en medio del salón. Sonriendo aún, sentose con sus compañeros y esperó que los pabilos y las palabras lo tocaran. Sentadito, callado, con la mirada pícara y vivaracha, continuó en la sesión hasta que terminó.

Salimos del colegio hacia el paradero. Volteo la cabeza a ver la esquina de al frente y veo que Roger defiende del viento y una niña un papel que tenía en manos. Gritó mi nombre fuerte y me llamó. “Quiero que te quedes este dibujo. Llévatelo”, dijo extendiendolo hacia mí. “Gracias, el dibujo me gusta mucho. Gracias también por participar con nosotros en las dinámicas. Sigue siempre adelante”, le dije. Nos despedimos.

Y si una certeza he obtenido, es que Roger es más fuerte que un supersayayín.

Anuncios