CARTAS Y MELANCOLÍA: Welcome back, Mr. Postman

Recuerdo haber visto unas cartas sobre la mesa de noche de mi abuela, hace varias años ya. Mis tíos se las leían y ella escuchaba atenta, reaccionando con el rostro de cuando en vez. Por lo general eran cartas de una de sus hijas que, por vivir en provincia, solo se comunicaba por teléfono, saludos o encargos.

Eran sobres blancos con pequeños rectángulos rojos en diagonal que acomodados uno al lado de otro formaban un marco; además, con estampas o timbres en la parte superior con dibujos de lugares que no conocía. Marcas de sellos, varios sellos, con fechas y cargos, azules y negros, indicaban lo largo que debió haber sido su camino y por las tantas manos que seguramente pasaron antes de llegar con Mamá Rosa, lo que las hacía más atractivas y definía su estética. La imagen sola era cálida, sin duda superior a los sobres nuevecitos, impecables, que se podían conseguir en alguna tienda del barrio. Su desgaste por uso los hacía únicos, y extrañamente se me figuraban como portadores de conocimientos antiguos.

Recuerdo también que en la Primaria me enseñaron a escribir cartas con fórmula y que sus pasos y secuencias me eran difíciles de seguir. Nunca las usé, no hubo oportunidad. Los correos electrónicos nos domeñaron y su difusión terminó por sepultar el uso del servicio postal, reduciéndolo casi exclusivamente al envío de recibos de cobro, notificaciones y encomiendas. Por lo que una melancolía me ha embargado; e hice una prueba, ya les contaré…

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