FAMILIAS, FAMILITAS, FAMILIOTAS

Hacía un calor infernal. Y la plaza San Martín se llenaba poco a poco y principalmente de feligreses de alguna denominación evangélica de corte pentecostal. Mi experiencia me dice que eran en su mayoría del Movimiento Misionero Mundial (sí, el de Rodolfo Gonzales, Bethel TV, etc.) cosa que solo uno de los que abordé admitió. Uniformados y fácilmente identificables por su manera de vestir y hablar. Los “hermanos” con saco y corbata, pantalón, zapatos y biblia en mano. Las “hermanas”, en cambio, y todas sin excepción, con el cabello increiblemente largo, falda gruesa de algún color oscuro también larga, blusa, biblia y banderitas. “Hermanos” y “hermanas” con un singular modo de soltar sus palabras y argumentar sobre la vida, el Estado, la sexualidad y la Naturaleza. Con ese tonito que impone sus razones en función del volumen en el que se habla y la cantidad de palabras que se dice por minuto. Básicamente como en la Teleferia. Solo que no vendían nada (salvo marcianos y sombrillas) sino que se congregaron para decir que sobre la Familia había un orden natural impuesto por Dios y que el Estado debía reconocerlo así (momento en el que Levy-Strauss abre los ojos y voltea). No importando las leyes, no importando los derechos, no importando el cuidado de los bienes. Además, milagrosamente, con un discurso a favor de la revocatoria a Susana Villarán. Y no es extraño considerando que ésta comunidad (M.M.M.) ha hecho públicas sus posiciones conservadoras en las últimas elecciones, haciendo campaña incluso por algunxs candidatxs y consignas políticas.

Mientras, a un lado de la plaza, un grupo de activistas y amigos LGTB hacían frente y manifestaban su posición acompañados de pancartas, banderas de colores y gigantografías, reclamando así que todos los tipos de familia merecen protección del Estado, sin ser discriminados.

Entonces la Familia, como concepto, la religión, la sexualidad y las leyes eran temas de convocatoria. Y así inició la marcha, avanzando por Jr. de la Unión. Cientos y cientos de evangélicos conservadores ocupando la angosta vía, con personas a cargo a modo de fuerza de choque ataviados con chalecos naranja de Defensa Civil, que lejos de poner orden limitaban el libre tránsito y respondían prepoténtemente, agrediendo, insultando sin derecho a los que detrás veniamos en grupo LGTB y gay friendly. Apoyados de la fuerza policial, terminaron por deternos en el cruce con Emancipación.

No puedo evitar abrigar pena y tristeza por eso. Que, colocados así, discursos religiosos velen el reconocimiento de que somos todos sujetos de derecho,… ciudadanos.

PARA NATIVOS DIGITALES: SOBRE CÓMO ENVIAR CARTAS

No me ocupa dar formulas para escribir una carta, que al final uno escribe como mejor le venga en gana, y probablemente en el orden que le advengan las palabras. Por lo que hablo solamente de lo que se tendría que hacer luego de haberla escrito, en función de mi reciente experiencia.

Lo primero es, obviamente, meterla en un sobre. Lo puedes comprar en una tienda (si es que hay alguna que las sigue vendiendo), librerías, o, con algo de ingenio, lo diseñas tú mismo. Esto último me agrada porque en mi delirio llego a creer que por ser llamativo no se le perderá al cartero.

En fin, luego viene lo que por desconocimiento me detuve a entender.

Aparentemente, hay dos formas de poner los datos de envío en el sobre:

  • La más común es poner los datos del destinatario en la parte inferior derecha de la cara frontal (la que no tiene los dobleces) incluyendo nombre completo, dirección, ciudad, país y código postal de la localidad (distrito); además, se colocan los datos del remitente en la parte superior izquierda de esa misma cara.

  • Una segunda forma, utilizada principalmente cuando el sobre es pequeño, es poner los datos de destinatario en la cara frontal y los del remitente en la cara trasera.

En ambos casos, el lado superior derecho debe quedar libre, porque es ahí donde se pondrán los timbres o estampas que serán comprados (y puestos) en el servicio postal. Lo que nos lleva al siguiente paso. Ir a alguna oficina de este servicio y hacer el depósito de la carta.

Dependiendo del tipo de servicio, el envío llegará a su destino en… en el tiempo que sea necesario.

enviar una carta enviar una carta (copia)

VIRALIZACIÓN, UN DELIZ Y MODALIDADES CONTEMPORÁNEAS SOBRE LO PRIVADO

A Lisandro Guillén no se le ocurrió mejor idea que crear una cuenta falsa de un personaje femenino en Facebook para que sea su amiga, que luego se le declararía y sería rechazada, mandándola así a la friendzone. Seguramente el plan parecía perfecto. Las felicitaciones por haber invertido la figura clásica de pagafantas se extendían. No era él el rechazado y obturado en la categoría de amigo mientras se derretía de amor, sino al revés. Su hazaña -como muchas cosas en nuestros días- se convirtió rápidamente en viñeta, provocando que las palmas virtuales y elogios sin escatimar se le dieran; hubo quien declaró incluso el inicio de una nueva era.

Fue así que se terminó filtrando el hipervínculo de la foto; pero no faltó alguien con perspicacia y algo de habilidad que tras revisar la cuenta de la ‘friendzoneada’ y hacer algunas comparaciones, diera en la conclusión de que, además de falso, ese perfil estaba mal hecho. Un dato inquieto en la sección “Información” lo delataba: la dirección de Twitter, que Lisandro venía publicitando de hace unas semana como propia, era la misma en ambos personajes. Lo que vino después era de esperarse, pues con la turba anónima no se puede jugar. Respuestas instantáneas, incontrolables, imposibles de medir, difícilmente calculables que convertían los otrora elogios en agresiones vivas desbordaron su cuenta. Y siguen en aumento.

Me preguntarán sobre la necesidad de publicar este caso. Principalmente, lo hago para evidenciar las formas contemporáneas en que las nociones de lo privado y lo público son dinamitadas. Pensé esconder el nombre del agrabiado, nombrándolo con algún apodo creativo, pero a estas alturas su rostro, imágenes, fotografías y datos son tópicos de difusión en internet. Otra razón para publicarlo, es porque vivir el fenómeno mientras sucedía, en el momento preciso en que la información era difundida, terminó de convencerme, si dudas habían, que la red mundial es la “personitecnificación” del nuevo amo, que, ocupando principalmente nuestra cotidianeidad, nos domeña. El debate, la discusión y la investigación que sobre estos asuntos (y más) se abren no pueden quedar sin ser pescados.

Para terminar, es posible aislar algunas conclusiones / suposiciones en función de lo que se nos muestra: Primero, que la cuenta falsa debe tener un tiempo regular en actividad; los más de 300 contactos con los que cuenta no se obtienen en poco tiempo, con las nuevas políticas antispam de Facebook es realmente dificil. Pero no seamos crueles con el muchacho, que tener uno o dos perfiles falsos es una praćtica harto difundida. Segundo, que Internet no perdona nada. No existe expiación en este medio. Su capacidad para viralizar información, cualquiera que sea, es inimaginable. No me extrañaría encontrar imágenes de este acontecimiento en 4chan durante las siguientes horas. Y tercero, debemos replantear nuestras ideas de lo privado, lo público, la restricción y la apertura en función de sus modalidades contemporáneas.

Lissandro Guillen 01

Viñeta realizada por una página de Facebook

Lissandro Guillen 02

Divino detalle

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Al cierre de la publicación, estas eran las cifras de Likes o Me Gusta

CARTAS Y MELANCOLÍA: Welcome back, Mr. Postman

Recuerdo haber visto unas cartas sobre la mesa de noche de mi abuela, hace varias años ya. Mis tíos se las leían y ella escuchaba atenta, reaccionando con el rostro de cuando en vez. Por lo general eran cartas de una de sus hijas que, por vivir en provincia, solo se comunicaba por teléfono, saludos o encargos.

Eran sobres blancos con pequeños rectángulos rojos en diagonal que acomodados uno al lado de otro formaban un marco; además, con estampas o timbres en la parte superior con dibujos de lugares que no conocía. Marcas de sellos, varios sellos, con fechas y cargos, azules y negros, indicaban lo largo que debió haber sido su camino y por las tantas manos que seguramente pasaron antes de llegar con Mamá Rosa, lo que las hacía más atractivas y definía su estética. La imagen sola era cálida, sin duda superior a los sobres nuevecitos, impecables, que se podían conseguir en alguna tienda del barrio. Su desgaste por uso los hacía únicos, y extrañamente se me figuraban como portadores de conocimientos antiguos.

Recuerdo también que en la Primaria me enseñaron a escribir cartas con fórmula y que sus pasos y secuencias me eran difíciles de seguir. Nunca las usé, no hubo oportunidad. Los correos electrónicos nos domeñaron y su difusión terminó por sepultar el uso del servicio postal, reduciéndolo casi exclusivamente al envío de recibos de cobro, notificaciones y encomiendas. Por lo que una melancolía me ha embargado; e hice una prueba, ya les contaré…

El día que conocí a Mc Francia

Fue hace unos años. Iba de regreso a mi casa tras  haber comprado comida para el almuerzo. Subía por la Av. 200 Millas justo en el cruce con  la Av. Central. Un auto que venía descendiendo se detiene y un hombre gordito y bonachón me pregunta cómo llegar al colegio Juan Velasco. Sabiendo que parte de la calle que lo llevaba directamente estaba en construcción no supe cómo indicarle otro camino. Le dije que continúe bajando toda la Av. 200 Millas y que seguramente virando a la derecha habría una entrada y que el colegio estaría cerca. “Pero por qué no vamos por acá mejor”, dijo una señorita que estaba sentada en el asiento de copiloto, mientras señalaba con el dedo otra calle, aunque angosta. “Sí, por ahí también, mejor que ir hasta abajo”, respondí. Y se fueron sonriendo, despidiéndose con la mano y agradeciendo.

Tuvieron que pasar unos segundos después de esa despedida para atinar a recordar que durante la semana se estuvo anunciando la presentación de Mc Francia, artista urbano. Personaje que tenía las mismas características, estilo y performance. “Mierda- pensé-. He conocido a Mc Francia y lo mandé al desvío”. Sonreí de mi estupidez y continué mi camino. Me resultó inevitable guardar honda impresión de él. Con calle, amable, fresco y alegre, con manejo de sus movimientos y gestos.

Pasaron los meses, años, sin volver a prestarle atención. Un día, quizás no hace mucho, vi que luego de una intervención médica a la pierna, por efecto de la diabetes, Mc Francia se desvanecía y que su rostro y su cuerpo evidenciaban lo grave de su situación.  Pasó poco tiempo también y falleció. Dejándonos recuerdos y sensaciones.

Por mi parte, reconozco sus esfuerzos como artista y ciudadano por difundir la historia de su (nuestro) distrito, Villa El Salvador. Recuerdo con agrado su participación en la producción de la miniserie que sobre nuestra ciudad se hiciera.

¡Hasta siempre, Mc Francia! ¡Que tu villa salvaje, como la llamabas, te reconozca!

 

 

Más fuerte que un supersayayín

A Roger lo conocimos una tarde, cercano al mediodía, en un colegio público de Lima. Se nos reveló desconfiado, saboteador; pero feliz. Íbamos a su salón una vez por semana para desarrollar un taller con todos los alumnos. Constantemente huía, salía del aula, sin avisar, y volvía de cuando en vez para ver qué haciamos mientras saltaba al rededor y jalaba a sus compañeros. Otras veces, cuando impediamos que salga del salón, corría a esconderse debajo del escritorio que era utilizado por el profesor a cargo, le advertiamos que era mejor salir y participar: se negaba. Cediamos y permanecía ahí, riendo, moviéndose, asomando la cabeza por ratos para gritar cosas que, me parecía, eran al azar. En algunas sesiones colaboraba, a su manera; en otras, desaparecía. Finalmente, terminamos por cansarnos de insistir y dejamos que se mueva sin restricciones, pero sin dejar de observarlo. 

Luego de tres o cuatro sesiones, los niños celebraban nuestra llegada y sonreían. La hora que estábamos con ellos les representaba liberación y cosas parecidas al sosiego. Sin tareas, sin pesadumbre, solo un par de reglas que nos permitían funcionar: levantar la mano antes de hablar, escuchar y guardar respeto. Haciamos juegos, dinámicas, expresiones, cortar, pintar, escribir, saltar. También repartiamos dulces al final.

Entonces hubo una actividad que hicimos, fue un día iluminado. Consistía en hacer una portada de diario con hojas y papeles viejos en la que cada uno dibujaría y señalaría cómo era o cómo se sentía. Roger dibujó un Gokú con trazos precisos y serenos. El dibujo era su orgullo. Guardé en secreto mi admiración, porque ni Goku, ni Krilin, ni Vegeta ni ninguno de los personajes de Dragon Ball me salieron nunca. Nunca.

Y no fue sino hasta la sesión de hoy, la última, que sucedió lo impensable. Luego de dar vueltas y esconderse debajo del escritorio y deambular por el balcón y el patio, Roger permaneció en el aula y tomó asiento en la última carpeta, aunque inquieto, mientas los demás, reunidos por nosotros, participaban en una dinámica con pabilos y palabras. Me acerqué, como vigilando al grupo, y tomé asiento en la carpeta contigua a la que Roger ocupaba. Levantó la mirada y, como rogando, me preguntó si sabía dibujar a Gokú. “No, no puedo. Es muy dificil. Quien lo haga es un genio”, respondí. Sonrió y poniéndose en pie buscó entre las cosas de su mochila y sacó dos cuadernos mientras me decía que él dibujaba bien al sayayín universal. Los cuadernos tenían en sus páginas interiores dibujos, bocetos, trazos delgados, marcas de plumón y figuras humanas. Descataban las representaciones de Gokú en diferentes posiciones y la de sus enemigos. Sonreí extasiado por lo que veía. Un artista en chiquito, con el cabello revuelto y despeinado, la ropa desarreglada y de mirada temblorosa, cuyo padre lo abandonó a él y a su madre no hacía mucho, había graficado en sus momentos de ocio a sus superhéroes venerados.

– “Este lo hice hoy”- me dijo. Y señaló al dibujo más acabado, con sombras, luces y detalles.

– “Está muy bonito y te felicito en serio. Te admiro”, respondí mientras él callaba y sonreía. “¿Y quién te enseñó a dibujar?”, pregunté.

– “Mi papá me enseñó. Me dijo que de a pocos aprendería.”

– “Ya veo que aprendiste, y muy bien. Los dibujos están muy lindos. ¿Me dejas tomarle fotos?”, solicité esperando acceda.

– “Claro”

Tomé fotos de dibujos al azar, sin escatimar en elogios y palabras mientras lo hacía. Su rostro fresco cambiaba de tonalidad y de gestos hacia unos más tranquilos y quietos.

Luego le solicité que integre el grupo que trabajaba en medio del salón. Sonriendo aún, sentose con sus compañeros y esperó que los pabilos y las palabras lo tocaran. Sentadito, callado, con la mirada pícara y vivaracha, continuó en la sesión hasta que terminó.

Salimos del colegio hacia el paradero. Volteo la cabeza a ver la esquina de al frente y veo que Roger defiende del viento y una niña un papel que tenía en manos. Gritó mi nombre fuerte y me llamó. “Quiero que te quedes este dibujo. Llévatelo”, dijo extendiendolo hacia mí. “Gracias, el dibujo me gusta mucho. Gracias también por participar con nosotros en las dinámicas. Sigue siempre adelante”, le dije. Nos despedimos.

Y si una certeza he obtenido, es que Roger es más fuerte que un supersayayín.

Pikachu Máscara

Como muchas cosas han quedado pendientes para publicar en el blog, voy distrayendo la atención con esta máscara de Pikachu.  Que, además de divertida, puede ser un presente no malo.

La cosa va así:

1. Hay dos versiones. Una a colores y otra con las lineas solamente (y las mejillas y la lengua), pensando que por ahorrar sería mejor para algunos imprimir en una hoja o cartulina amarilla.

2. Las orejas se pegan por la parte trasera del rostro (nunca falta el que no se dió cuenta).

3. Está pensada para ser como una máscara griega, por lo que oportunamente se debe añadir un cartón cortado en tira no muy delgada a modo de soporte.

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